Descripción del producto
En un mundo de cifras y resultados suena extraño afirmar que la música es arte. No suele entenderse así. Y que el arte debe ser íntegro y original y debe responder a inquietudes interiores más que exteriores, más a emociones que a emoticonos. Y que las modas nunca aportarán nuevas vías de expresión artística.
En estos días confusos se da la paradoja de que por el camino de la tecnología se ha perdido la humanidad en las humanidades. Todo debe sonar perfecto. Tan perfecto que para nosotros carece de interés. Es aséptico, anodino, inocuo.
Estas dos líneas de pensamiento son las que nos han llevado a plasmar en canciones nuestra propia idiosincrasia, nuestra identidad e individualidad artística y nuestras contradicciones, para defender la realidad de las cosas. Hoy en día tener los pies en el suelo es arriesgar, saltar sin red. En un mundo de música hecha para apabullar a los oídos el matiz y la transparencia es rebeldía. En un mundo de modas pasajeras nos enorgullecemos de defender el arte honesto y atemporal.
Esto es lo que hemos reflejado en Cubero bueno, Cubero malo; sentados uno al lado del otro, codo a codo, tocando y cantando, sin trampa ni cartón. Usando nuestra mandolina y nuestra guitarra para traducir a emociones pensamientos, a sentimientos realidades y a sensaciones palabras cotidianas.
Tras varios álbumes grabados con aportaciones de más músicos, nos apetecía volver a las formas básicas de nuestro arte, explorando las infinitas posibilidades que ofrece la música pese a la apariencia limitada del formato dúo, para enfatizar el mensaje de la individualidad artística.
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